“Comer y rascar, todo es empezar”. Antiguo refrán español.





 

La nobleza de las legumbres
Por Mariana Martínez

Planetavino.com, 12.2009

 

foto1 La Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal de la Pontificia Universidad Católica de Chile entregó el 26 de noviembre un reconocimiento al profesor Alejandro Hernández por sus 50 años de actividad docente ininterrumpida en el área vitivinícola. Un emotivo homenaje, rodeado de amigos, colegas y alumnos, al que se unieron las organizaciones más ligadas al quehacer diario de don Alejandro durante su larga y fructífera carrera. Una carrera destacada, por cierto, no sólo como académico, sino como persona gremial y empresario. Junto “al maestro”, hacemos acá un recorrido desde sus primeros años en Cauquenes hasta más allá de su inédita presidencia (como representante no europeo) de la Organización Internacional del Vino (OIV). No es la primera vez que hablo largo y tendido con don Alejandro. Él fue mi maestro y asesor técnico en la realización del glosario El vino de la A a la Z (Edición Planetavino S.A., 2005). A propósito del reconocimiento que se le hizo, nos reunimos de nuevo para conversar en su casa de Vitacura. Pero no para discutir sobre términos enológicos o vitícolas. Esta vez sólo recordamos su carrera, una que, como bien dijo durante el homenaje Tania Zaviezo, directora del Departamento de Fruticultura y Enología de la Universidad Católica, ha dado muchos frutos, y muy buenos. Don Alejandro nació para el vino, aunque nadie se lo dijo. El vino corría por ambas ramas de su familia. Por la de su madre, con viñedos y bodega en Parral; por la de su padre, con varios campos y bodega en Cauquenes. Eso sí, se adelanta a explicarnos, aquellos vinos no eran como los de ahora –los que han llevado a Chile al reconocimiento más alto internacionalmente–. Eran vinos corrientes de las cepas país y semillón, envasados en chuicos y garrafas.

Conversar con don Alejandro es como leer un libro de historia. A sus 74 años no olvida un nombre, una fecha, un lugar. Y si lo hace, seguro volverá más tarde a la conversación con el dato preciso, después de haberlo buscado en sus cajones repletos de recuerdos, títulos y diplomas, y que no es del caso enumerar aquí. Por eso no olvida que comenzó trabajando a los siete años en la pulpería del campo de su padre. Ahora, mientras recuerda todo lo que allí vendían (herraduras, clavos, grasa, yerba, azúcar, fósforos, aceite, mejorales...), él parece estar todavía en la pulpería de aquel campo de 3.000 hectáreas que el año 70 sería expropiado. Don Alejandro se crió efectivamente en el campo. Iba a una escuela en la esquina del fundo, la Capellanía, junto a los hijos de los inquilinos y de los predios vecinos. Cada año su padre lo llevaba junto a sus hermanos a dar exámenes a Cauquenes. Y cuando los 12 años, los mandó a vivir a Talca, donde terminó sus humanidades y dio bachillerato.

Como siempre fue un buen estudiante (cuenta que no había mucho más que hacer, sino leer y escuchar música seria o tonadas del campo), entró sin tropiezos a Agronomía en la Universidad Católica de Santiago, aunque sin una visión definida de qué especialidad seguir. Lo de la enología apareció después, aunque tenía más inclinación –reconoce– por las viñas que por los corderos o el trigo. En Cauquenes había un especialista francés, Pablo Joublan, director del INIA, quien le dio el primer impulso para dedicarse al vino. Don Alejandro recuerda que entonces, en los años 50, este amigo de su padre le había dicho que Cauquenes era buena zona para la viticultura, y que sería bueno que estudiara para poder desarrollarla. Entonces, acota el profesor, la zona no era más importante que hoy, aunque tenía el doble de viñas, y no existían todavía los nuevos valles vitícolas.

A la universidad llegó con 17 años y pronto empezó a trabajar. Se levantaba temprano, a las cinco, y salía fuera de Santiago a comprar fruta en Melipilla, la que entregaba en el Mercado de Providencia antes de entrar a clases en la Católica, a las 8:30. Eso lo hizo por tres años, hasta que luego instaló una fábrica de escobas. Las vendía en colegios, hospitales y cárceles; “eran de cinco y siete costuras, buenas escobas”, piensa tranquilo, en voz alta. Como buen inquieto que era –y sigue siendo–, mientras estudiaba y emprendía, comenzó con las ayudantías; en microbiología, con el enólogo de moda de la época, Gabriel Infante, y en viticultura, con Raúl Durán, enólogo de viña Santa Carolina. Con ellos, siendo aún estudiante –saca en limpio ahora– fue que se introdujo en el tema académico. Por decisión del decano de la universidad, al terminar la carrera, junto a los otros dos mejores alumnos, se fue becado a estudiar a la Universidad de Burdeos por un año, entre 1958 y 1959. Y también por interés del decano, estudió viticultura, enología y suelo. Los otros estudiarían suelo y economía agraria. El francés lo comenzó a aprender en el Instituto Chileno Francés de Cultura antes de partir, pero cuenta que las clases intensivas comenzaron a las dos semanas de estar allá, cuando se puso a pololear con una francesa… Con su típica picardía comenta: “A los tres meses ya hablaba francés...; siempre el apoyo de las mujeres ha sido fundamental en mi vida”.

foto1 Don Alejandro volvió en 1959 a Chile con su Diploma de Estudios Superiores y el Diploma Nacional de Enólogo francés. Con ellos bajo el brazo se le asignó la tarea de formar el Departamento de Fruticultura y Enología de la Universidad Católica, el mismo que hoy ofrece carreras de pre y post grado, además de dictar diplomados y administrar millones de pesos cada año en investigación aplicada. Este mismo departamento, a partir del 2010, ofrecerá en su honor la Cátedra Alejandro Hernández y, con el patrocinio de Cristalerías de Chile, la Beca Alejandro Hernández, según anunció en la ceremonia de homenaje el decano de la Facultad de Agronomía e Ingeniería Forestal, Luis Barrales.

Obviamente no fue vendiendo escobas ni haciendo ayudantías que don Alejandro se ha merecido estos dos grandes honores. Él siempre tuvo la oportunidad de salir fuera de Chile a mostrar los trabajos de investigación que aquí se hacían, junto con los estudios de universidades de Mendoza. Y en paralelo, claro, promocionaba el vino chileno como gremio. Así fue como llegó a ser un cercano colaborador de la OIV, y ya el año 1994, cuando no hubo acuerdo entre sus candidatos europeos, fue escogido como su presidente (convirtiéndose en el primer no europeo en encabezar la institución). Fue desde la presidencia de la OIV, recuerda hoy, que comenzó a poner a Chile en el mapa de la vitivinicultura mundial, antes incluso de que aparecieran Australia y Nueva Zelandia con sus fantásticos centros de estudio e investigación. Por otro lado, y siempre en paralelo, don Alejandro llevaba su vida de asesor vitivinícola, actividad que lo tuvo al mando de una decena de bodegas en Curicó entre los años 60 y 70. En 1970, precisamente, su vida dio un nuevo giro. Uno de aquellos brillantes compañeros de beca, toma la dirección de la CORA y expropia el campo de su padre en Cauquenes. Entonces, junto a su padre, deciden comprar en Buin La Viñita, una viña pequeña, con ocho hectáreas de viñedos y bodega. Don Alejandro recuerda que el nombre original de La Viñita era Millahue, que en mapudungún significa “pozo de oro”. Allí comenzó vendiendo vinos en chuicos de 15 litros y damajuanas de 10, pero pronto pasó a garrafas de cinco y a botellas litreras. El gran salto fue envasar en botellas de 750 ml, “porque significaba que vendías vino en la capital”. Y sin perder nunca el buen humor, acota que un pozo de oro ha sido la viña que hoy lleva el nombre de Portal del Alto: un pozo donde ha metido todo, y ahí metido ha quedado… Su padre vivió en Millahue hasta que el año 74 le devolvieron un fundo en Retiro. “Mi vida de empresario vitivinícola, dice concluyendo con ironía, viene de la Reforma Agraria. Antes, tuvo una fábrica de maletas de alambre para guardar botellas, y la importadora de insumos Mavit (junto al también profesor Mario Espinoza). Después formó una empresa que vendía ácido metatartárico para clarificar los vinos, la que decidió liquidar después de enseñar en clases por qué era mejor clarificar los vinos blancos con tratamientos de frío.

foto1Una de las cosas valiosas que ha caracterizado la vida profesional de don Alejandro es que decidió, desde muy temprano en su carrera, que nunca sería un académico de tiempo completo. Por ese mismo afán de no dejar nunca el lado práctico, fue importante para él trabajar a fin de aportar su experiencia, y, por eso mismo, siempre viajaba fuera con el afán de contar todo lo que veía. Su otro gran valor es haber sabido cuándo hacerse a un lado para dejar que otros pasaran adelante. Lo hizo con la presidencia de la Cofradía del Vino, ocho años atrás, y con la presidencia de la asociación gremial ChileVid. Y, ahora lo hará de nuevo cuando Felipe de Solminihac, ayudante por 25 años en la cátedra de vitivinicultura de la Católica, lo reemplace como profesor titular. Pero no vayan a pensar que don Alejandro está pensando en la jubilación, que ha dejado atrás sus años promocionando el vino chileno en el extranjero y de jurado en concursos de vino internacionales. No. Ahora será él quien retome el rol de ayudante de De Solminihac. “Ser ayudante no me rebaja, al contrario; yo busco tirar para arriba lo bueno, y creo que es tiempo de darme un descanso. Me siento bien ahora, pero no sé como estaré mañana, y por eso lo prevengo”. Con su mente aún brillante, don Alejandro nos recuerda que es apenas el número 35 del Asociación de Ingenieros Agrónomos Enólogos de Chile, y que entre sus pares es el único que sigue activo en el rubro. A eso habría que agregar: sigue muy activo, como siempre, en sus tres grandes e inseparables flancos: el académico, el empresarial y el gremial.