Y finalmente los vinos estaban ahí, en las copas, en una presentación que tuvo el marco solemne y elegante que necesitaba, porque fue realizada en el Club de la Unión de Santiago, en ese Monumento Histórico Nacional de inspiración tan francesa como la que animó nuestros vinos hacia fines del siglo XIX.
Eran diez vinos de alta gama, hechos por otros tantos enólogos chilenos, todos de gran trayectoria, y elaborados a partir de una misma uva base, de cepa cabernet sauvignon, proveniente de un único cuartel del Alto Maipo.
La idea de este proyecto audaz e innovador surgió hace tres años. Fue de Rafael Prieto, uno de los creadores de la Guía de Vinos de Chile, mientras cataba unos vinos prémium para esta publicación junto a un panel de expertos. El propósito era celebrar en 2010 el Bicentenario de la patria con una serie de vinos que reflejara lo mejor de nuestra vitivinicultura. Elegir la variedad principal con la que trabajar no fue un problema: la cabernet sauvignon es, sin duda, la de mayor peso histórico en el país, con la que se han hecho y se siguen hacen vinos sobresalientes. Lo mismo ocurrió al definir el lugar de origen de las uvas: el Alto Maipo, que es reconocidamente una de las mejores zonas del mundo para esta variedad.
Pero seleccionar a los diez enólogos que fueran parte de este proyecto no debe haber sido una tarea fácil para Rafael Prieto. Ciertamente hay más de diez enólogos de primer nivel en Chile. Sin embargo, el número mágico era 10, los diez Top Winemakers del Chile 2010. Y los elegidos fueron éstos (que presentamos en el mismo orden en que aparecen en el libro de 48 páginas que acompaña la serie de vinos): Ignacio Recabarren, Enrique Tirado y Marcelo Papa de Viña Concha y Toro; Adolfo Hurtado de Viña Cono Sur; Marcelo Retamal de Viña De Martino; Álvaro Espinoza de Viñedos Emiliana; Aurelio Montes de Viña Montes; Pablo Morandé de Viña Morandé; y Andrés Ilabaca y Cecilia Torres de Viña Santa Rita.
Todos los enólogos se mostraron entusiasmados con el desafío, y se pusieron a trabajar, en sus respectivas bodegas, con la uva que recibieron de un viñedo del Alto Maipo cuidadosamente escogido; una uva de muy buena calidad, cosechada a mano y repartida equitativamente (4.000 kilos para cada uno), que corresponde a una de las mejores añadas que ha entregado el sector alto del valle en los últimos tiempos.
La directora técnica del proyecto fue la enóloga Irene Paiva, quien supervisó todo el proceso, desde el manejo del viñedo antes de la cosecha hasta el envasado del vino, para asegurar que se observaran los mejores estándares de calidad en todo momento.
Los enólogos tenían plena libertad para trabajar de acuerdo a sus propios estilos y técnicas de vinificación y guarda. La única exigencia era que sus vinos contuvieran, por lo menos, un 70% de la uva cabernet sauvignon que se les entregaba. Sólo uno, Marcelo Retamal, empleó exclusivamente esta fruta base. El suyo fue un vino austero y limpio como una espada, expresión máxima de ese terroir, y uno de los puntos altos de esta serie excepcional.
Otros, en cambio, prefirieron la diversidad, y, dentro del 30% de libre elección, echaron mano de uvas con las que trabajaban habitualmente o estaban más familiarizados. Buscaron así darles mayor complejidad y profundidad a sus vinos y un siempre apetecido toque de individualidad. Álvaro Espinoza, por ejemplo, incorporó un verdadero cóctel de variedades en su porcentaje libre (syrah, carmenère, merlot, petit verdot y mourvèdre, además de un 5% de cabernet sauvignon de otro sector del Maipo). Pablo Morandé agregó un poco de carignan y syrah de su amado valle del Maule. Los enólogos de las viñas de Concha y Toro recurrieron al codiciado carmenère de Peumo para enriquecer sus mezclas, sobre todo Enrique Tirado, que puso un generoso 15% en la suya. Y Aurelio Montes hizo lo propio con su poderoso syrah de Apalta.
En fin, todos estos Top Winemakers entregaron lo mejor de sus artes enológicas para dar vida a esta espectacular serie de vinos, que recién está a disposición del público luego de una crianza en barricas nuevas de encina francesa que duró entre 15 y 23 meses. Es una producción de sólo 1.000 cajas, que aparte de los 10 vinos incluye un libro con datos técnicos y testimoniales y un DVD. Está a la venta exclusivamente en El Mundo del Vino a $370.000 el set. Demás está decir que son vinos que tienen un largo potencial de guarda, y que bien podrían servir para celebrar en 2018 el verdadero Bicentenario de Chile como república independiente.
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Discurso de Pablo Morandé en la presentación del proyecto Top Winemakers Chile 2010 en el Club de la Unión de Santiago a nombre de los enólogos participantes en él.
Estimados amigos y amigas en el vino:
Me siento muy agradecido y al mismo tiempo muy emocionado de estar representando en este momento a mis amigos hacedores de buenos vinos, en estas circunstancias tan especiales.
Hace ya tres años, Rafael me comentó su idea de conmemorar y celebrar el Bicentenario Nacional con una obra relativa al vino. Inmediatamente imaginé vinos de diversos colores y orígenes vestidos de emblemas patrios, entre ramadas, cazuelas y empanadas. Nada nuevo. Ciertamente seguíamos pegados en lo clásico que asumimos como lo nuestro, tal vez por simple costumbre o simplemente no lo racionalizamos. Estaba profundamente equivocado.
Nunca pensé ni dimensioné que estaba al frente de una obra genialmente concebida, y en ese mismo momento quise hacerme cómplice, confidente y, si me lo permitía, actor de esta fantástica obra odisea. Una pequeña producción de un vino de Primer Orden, nacido de un mismo viñedo y elaborado por las manos de 10 diferentes profesionales. Algo así como 2.000 cajas más 10 enólogos; son 2010, número que representa nuestro Bicentenario.
Diez enólogos de su propia elección, tendríamos la libertad de hacer nuestras obras utilizando los mismos materiales, con ciertos escapes personales, toda una fantasía.
Asumimos inmediatamente el rol de hacedor de vinos, despojándonos abruptamente de racionalismos y tecnicismos propios de nuestra formación científica, y tomamos la maravillosa oportunidad de ser humildes artesanos.
Recibimos de Rafael, como de un mecenas moderno, 10 páginas en blanco o 10 telas vírgenes o 10 mármoles o 10 bronces, todos iguales, de un mismo peso y volumen, y con ello la libertad de escribir, pintar, esculpir y fundir como siempre lo soñamos…, una obra para él y nosotros, en sabrosa complicidad.
No hubo más reglas que el cumplimiento de la orden de la recepción de la uva, todos el mismo día y la misma cantidad, y luego, el abrir nuestros talleres a la mirada curiosa del ordenador, para que en delicada y sigilosa acción, tomase nota de nuestros propios secretos y escribiese la historia de ellos.
Tampoco perdimos de vista el espíritu de la obra: conmemorar y celebrar nuestra historia y presente. Doscientos giros del mundo nos llenan de vivencias, imágenes, aromas, ideas, colores, amores y sentimientos, que hacemos propios y llamamos nuestra sangre, o simplemente vino. En él hemos visto expresado, en toda su magnitud, el Realismo, el Clasicismo, el Romanticismo y el Impresionismo.
Personalmente, creo que en esta oportunidad nos hemos deleitado con nuestra faceta romántica, en donde la belleza es la verdad, donde los sentimientos prevalecen sobre la razón, donde la libertad y la pasión sobrepasan la rigidez de lo clásico, donde la creatividad y originalidad son las principales herramientas. Y también hemos puesto juegos de luces y sombras de carácter impresionista. Para todos fue, por decir lo menos, curioso, ver cómo nacían y crecían ejemplares tan diversos, hijos de una misma madre viña. Observábamos cómo se dibujaban en formas paralelas, sombras, luces y profundidades particulares. Recibíamos con mucha alegría sus evoluciones y crecimientos, su destino se develaba lentamente y crecía la curiosidad por saber su estado final, la anhelada madurez de la cima cualitativa. Además, la inquietud permanente del cómo se fundirían las diferentes pinceladas que cada uno debía aportar de acuerdo a sus sentimientos y creatividad.
¡Qué mágica alegría haberlos visto crecer y hoy caminar por las copas como orgullosos nobles del Maipo Cordillerano, vestidos de elegantes ropajes y perfumados de complejos aromas!
Diez vinos de belleza, diez vinos de verdad.
A los pocos meses de andar y con marcada impaciencia, Rafael me preguntó cómo era mi vino. Rápidamente se me vinieron encima algunos atributos y le respondí: “Es profundo, denso, ágil…, sólido y macizo como escultura de Rodin”. Hoy, con convicción, admiración, alegría y mucha humildad, puedo afirmar que nuestros vinos sí son de Rodin, representados en tres de sus obras.
En El Pensador, él supo interpretar magníficamente la profundidad de la meditación y la batalla de los sentimientos en su musculatura sólida y potente, con todo el cuerpo empleado en el pensar con fuerza y vitalidad, con ritmo de composición. Es la representación del pensamiento libre. La esencia de esta obra está ejecutada por el Cabernet Sauvignon.
También nuestros vinos son tan liberales, expresivos y novedosos como El Beso, de dinamismo cambiante, movimiento constante. Acontece y no acontece, si nuestras miradas son de día o de noche y el amor prevalece. Romanticismo de pureza ejercido por los cepajes de complemento a la obra. Pinceladas púrpuras de Carmenère, brochazos viriles de Syrah o un cincel clavado de Carignan.
Y nosotros los hacedores de los vinos, podemos decir que somos como Los Burgueses de Calais, aunque cambiásemos las sogas por copas y la angustia por alegría. Fuimos actores reales, gesticulantes, caminantes, diferentes, cada uno con su propio y lejano horizonte, de intranquilo movimiento, una obra de conjunto. Realmente trabajamos en conjunto y tuvimos, como única meta, la búsqueda de la belleza.
Reciban pues este regalo, fruto de la genialidad de Rafael y de nuestra alegre participación, donde todos convergimos en una misma copa generosa de mágico vino.
Salud, por siempre.
Pablo Morandé
10 de noviembre de 2009. |