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Una de las pocas cosas que tengo claras a estas alturas de mi vida, es que a los placeres de la carne no renuncio ni muerta. Ni siquiera la amenaza de los altos índices de colesterol que suelen asociarse a su ingesta, o la idea de que sobre el plato haya parte de un ser que alguna vez tuvo vida han logrado cambiar mi condición de furibunda carnívora. Es más, suscribo (casi) totalmente las irreverentes palabras del gran crítico gastronómico inglés A.A. Gill cuando, aparte de decir que la cocina vegetariana le parece “irremisiblemente vomitiva”, señala que es “como el Concierto N° 2 de Rachmaninov pero sin piano, o la película Casablanca sin Bogart, o un beso sin lengua…”. Por todo eso, disfruto sin culpas de un buen bife de chorizo, de los más diversos pescados y mariscos, o de un delicioso confit de pato, entre muchas preparaciones netamente carnívoras. |
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Entonces, ¿por qué dedicar estas líneas a la cocina vegetariana? Porque resulta que también soy una persona tolerante y comprensiva, y tengo claro que existen algunos individuos que, por religión o por salud, optan por excluir las carnes de su vida. Y además, porque pienso que a todos los vegetarianos (tanto a los extremistas, que sólo se alimentan de verduras y todo tipo de frutos, como a los más moderados, que incluyen huevos y productos lácteos en su dieta) les viene bien una que otra copa con la que armonizar sus platos. Para todos ellos, el vino debería resultar un buen complemento de sabor, además de un beneficio indudable para la salud. Mal que mal, estamos hablando de un producto enteramente vegetal, imprescindible en cualquier mesa del mundo. |
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Para ser justos, y aún a riesgo de contradecirme, déjenme contarles que en algunos momentos de mi vida he llegado a coquetear seriamente con el vegetarianismo. Al menos en la teoría. Me encantan las verduras, las legumbres, las pastas y el arroz, todos ingredientes que forman la base de varias cocinas del mundo, como la italiana, la india y la china, sin excluir la de nuestro propio país.
Imagine sencillas pastas acompañadas sólo con salsas de tomates o de setas; o la infinita posibilidad de elaborar risottos sólo a base de vegetales. Piense en nuestras humitas o porotos granados, acompañados únicamente con albahaca y una ensalada de tomates, o en exóticas mezclas de verduras ligadas por algún curry oriental. ¿Cómo uno no se va a sentir tentado por probar el cambio? |
Además, una dieta basada en productos vegetales, que tiene muchos ingredientes en común con la famosa dieta mediterránea (como legumbres, granos integrales, frutas y verduras), posee innumerables beneficios: es más rica en fibras y en vitaminas y no tiene grasas saturadas ni colesterol (a menos que usted incorpore huevos y productos lácteos a los platos). A través de ella el cuerpo absorbe más polifenoles y otros microelementos, protectores naturales frente a varias enfermedades. Se dice que este sistema de alimentación, bien implementado y adoptado como estilo de vida, ayuda a perder peso. Y, como otro sus beneficios, sus seguidores arguyen que produce cambios positivos en los aromas corporales.
A nivel doméstico, una de sus limitantes es que, al ser ésta una cocina de reemplazo (de la proteína animal), exige más tiempo, tanto en la preparación como en la planificación de los menús, para responder adecuadamente a todos los requerimientos nutricionales del cuerpo. Sin embargo, en casi todos los restaurantes, incluso en las parrilladas más humeantes, hoy es común que haya al menos un plato vegetariano como alternativa a la dieta omnívora. No se trata sólo de acompañamientos sino de platos que se presentan con derecho propio. Y armonizan a la perfección con muchos ejemplares del vasto universo de nuestros vinos. Para ilustrar este artículo, visitamos varios locales de Santiago que ofrecen en sus cartas algunas sabrosas alternativas de platos vegetarianos.
Restaurante Tanta
Este nuevo emprendimiento de Gastón Acurio (Boulevard del Parque Arauco) nos trae, una vez más, los ricos sabores de la sazón peruana. En este colorido plato hay varios de los alimentos básicos de América –papas, yucas y choclo– y algunos de los sabores más típicos del Perú: salsa de ocopa (con huacatay y maní) sobre las papas; crema de rocoto sobre las croquetas de yuca, y salsa a la huancaína (con queso fresco y ají amarillo) sobre el choclo blanco. Sus suaves picores y los sabores herbáceos resultan ideales para armonizar con un sauvignon blanc, cítrico y herbáceo, que refresque el paladar y a la vez complemente el aderezo del plato.
La fina y delicada sopa de zapallo de este restaurante (foto N°1) destaca el sabor dulzón del zapallo maduro. El huacatay, hierba aromática muy empleada en la cocina peruana, le entrega tonos herbáceos que la hacen atractiva para armonizar con un vino tinto suave, como un carmenère joven o un merlot no muy concentrado.
Otro plato espléndido, contundente y de buena untuosidad de este local es la tortilla de papas (por supuesto, sin chorizo), acompañada de alioli de rocoto (foto N°3). Los huevos, aún jugosos, traspasan con su sabor inconfundible la preparación, y la salsa de rocoto, acidita y de suave picor, no sólo resulta un contraste de color, sino también de sabor. Pruébelo con un espumante blanc de noir, o algún rosé abocado, pero de buena acidez.
Restaurante Ópera
En este restaurante ubicado a pasos del cerro Santa Lucía (José Miguel de la Barra esquina Merced), la carta ofrece un estupendo abanico de carnes y aves, preparadas por la buena mano del belga Mattheiu Michel. Pero el chef está siempre dispuesto a acoger a los vegetarianos con platos como este risotto de setas con pesto de albahaca, perfecto en su punto de cocción y fácil de maridar. De textura cremosa y sabores marcados por las setas, un pinot noir no muy frutal, más bien seco y servido a la temperatura correcta (unos 14° C), es ideal y hará el placer de todos quienes se tienten con él.
Restaurante Vendetta
La gastronomía italiana es, de por sí, rica en vegetales, por lo que en un restaurante como Vendetta (Boulevard del Parque Arauco), cuya variada cocina es supervisada por el chef José Luis Marín, los vegetarianos encontrarán un buen número de platos que los satisfagan. ¡Qué mejor que algunas pastas, arroces, setas y verduras, con harto aceite de oliva y un toque de queso para quedar perfecto!
Estos alcachofines rellenos con quínoa son un verdadero desafío para las armonías con vinos, ya que en él se reúnen todos los sabores: el dulzor de los granos, el suave amargor de las alcachofas, la sal de la sazón y la acidez del queso mozzarella, que también aporta una textura untuosa. Un blanco de buena acidez, como un sauvignon blanc, una mezcla de esta cepa con chardonnay, o un riesling resultan adecuados para maridar este plato tentador, incluso para quienes no son enteramente vegetarianos.
Otro plato apetitoso de este local son los Cannelloni de berenjenas rellenos con ricotta y verduras sobre pressatta de tomates y queso grana pagano (foto N°2). Aunque las berenjenas tengan mala fama con el vino, son mi debilidad y siempre me resultan deliciosas. Los tomates, cocinados lentamente en el horno, adquieren toques ahumados, y al ser prensados, resultan un agradable acompañamiento de acidez y dulzura para estos especiales cannelloni. La ricotta y el aceite de oliva le confieren una llamativa sensación cremosa en boca que puede integrarse bien con un rosado de buena estructura o un tinto liviano, como un pinot noir.
Y todavía probamos algo más: ravioles rellenos con setas sobre crema de pesto (foto N°4). Las setas, con sus sabores terrosos y herbáceos, suelen pedir la presencia de un pinot noir, pero en esta oportunidad, el resto de los ingredientes, la pasta y la albahaca, así como los toques de tomates, harían recomendable la compañía de un carmenère que no esconda sus sabores herbáceos y que, además, aporte toques de pimienta blanca.
Restaurante Tierra Noble
Juan Pablo Valdivia, socio y chef ejecutivo de este local de Av. Nueva Costanera 3872, Vitacura, ha concentrado su oferta en preparaciones a la parrilla, pero sin dejar de lado las apetencias de los vegetarianos. Su mix de verduras grilladas sirve tanto como un delicioso acompañamiento para sus pescados, mariscos y carnes, como plato principal para veganos. Los ricos sabores caramelizados que resultan de la exposición al calor directo de los vegetales, además de una buena dosis de aceite de oliva, quedan bien con un tinto fresco, como un merlot no excesivamente maduro ni maderizado. Así, mientras el carnívoro satisface sus instintos, el vegetariano obtiene una buena compensación alimenticia.
(Fotografías de Enrique Rivera)
Recomendaciones de maridajes
para platos vegetarianos
Para que la experiencia de maridaje con platos vegetarianos resulte provechosa, vayan aquí algunas recomendaciones. Haga esta vez el ejercicio partiendo desde los componentes básicos del vino. Juegue con ellos y busque las mejores combinaciones, teniendo en cuenta que sobre su plato no habrá ningún elemento cárneo y que, como siempre, el balance es la clave a la hora de las armonías. Y recuerde que, en caso de dudas, una cerveza, con sus sabores amarguitos, también puede ser una opción atractiva a la hora de acompañar vegetales crudos o apenas salteados.
El cuerpo
¿Vinos tintos corpulentos? Mejor olvídese de ellos si es vegetariano o está en vías de convertirse en uno. Estos funcionan de maravilla con todas esas grasitas animales, dulces y pecaminosas, pero no tanto con las verduras, que de por sí tienen poca untuosidad. Salvo, claro está, con las legumbres, donde, dependiendo de la forma de preparación, un tinto puede ser la elección ideal. Pero para vegetales propiamente tales, prefiera tintos de cuerpos delgados, como los populares chianti italianos, o si no, derechamente, vinos blancos. Piense en un chardonnay con algo de madera, en algún viognier no demasiado floral, y en las variedades “grises”, como el pinot grigio o el sauvignon gris. Y por qué no, en ensamblajes blancos, tan útiles a la hora de armonizar con muchísimos platos.
La acidez
El sabor ácido es, de los cuatro básicos, mi favorito. Y no sólo en los vinos, donde juega un rol fundamental, sobre todo en el sauvignon blanc. Los ejemplares del Viejo Mundo suelen tener, de manera natural, acideces más marcadas que los del Nuevo Mundo, por lo general más alcohólicos y golosos. Para que un vino de grata acidez no se aplane ni pierda intensidad, no conviene enfrentarlo con platos demasiado ácidos, aliñados con vinagre o salsas muy agrias. Por otra parte, éste es un componente ideal para “cortar” y limpiar el paladar al ingerir preparaciones untuosas, elaboradas con crema y queso. Vinos tintos jóvenes, sin mucha madera, o blancos con algunos toques de barrica, como un chardonnay o un viognier fresco, son el complemento adecuado para una lasaña de verduras con harta crema y queso, por ejemplo. Por otra parte, platos como pastas aderezadas con salsa de tomate armonizan a la perfección con vinos tintos de buena y gentil acidez, como el clásico sangiovese italiano, o con un pinot noir más bien seco o alguna mezcla tinta de cuerpo fino y poca madera. Y los arroces, en cualquiera de sus preparaciones, van muy bien con los rosados modernos, que aparte de su rica fruta, presenten una acidez punzante y jugosa.
Los taninos
Este elemento, que es básicamente perceptible en los tintos, tampoco es muy amigo de los platos vegetarianos. Debido a que aportan astringencia y estructura, en compañía de verduras los taninos pueden llegar a sentirse francamente amargos o desarmados en la boca. Si quiere comprobarlo, beba vinos tánicos para acompañar verduras como habas, rúculas, berenjenas y espárragos, pero no me culpe de la sensación que tendrá en los dientes… O con platos salados con salsa soya: ¡fatal! Sin embargo, vinos con taninos bien estructurados podrían suavizarse y hasta sentirse gentiles si los bebe con arroces preparados con harto aceite de oliva, o pastas a la mantequilla.
La frutosidad
Este término se refiere a los aromas y sabores frutales que transmite un vino. Los más jóvenes son más frutosos que los que han desarrollado su buqué en la botella, y dependiendo de la variedad, se complementan muy bien con platos que tengan salsas hechas con frutas o, directamente, con trozos de frutas. La frutosidad de vinos blancos que recuerda a peras, manzanas o duraznos resulta un buen complemento para verduras cocidas, como porotitos verdes y arvejas. Y con toques de madera, es ideal para armonizar con ingredientes vegetales salteados en mantequilla o aceite de oliva.
El dulzor
Su presencia no deja indiferente a los consumidores: algunos aman los vinos más abocados –blancos o tintos– mientras otros los detestan. En lo personal, el sabor dulce en el vino no es mi favorito, ya sea que provenga del azúcar residual, del alto grado alcohólico o del contacto del vino con maderas dulzonas. Sin embargo, el dulzor crea un buen puente con muchos platos, sobre todo de la cocina oriental. Algunos de nuestros rosados, que tienen acidez, pero también algo de azúcar residual, resultan perfectos para la comida china. O blancos más dulces, como ciertos viognier, chardonnay o riesling, para la cocina tailandesa: refrescan el picor y se complementan bien con sus característicos sabores agridulces.
Otros elementos que se perciben en el vino, como los toques ahumados, se avienen con vegetales grillados a la parrilla; o los sabores y aromas herbáceos de variedades como el carmenère, se complementan bien con hierbas aromáticas, como salvia, albahaca o tomillo. En esto de las armonías, como siempre hemos dicho, todo es cuestión de probar. |
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